lunes, 18 de noviembre de 2013

Sigo siendo yo «Concurso de Microrelato Postal»




Sólo quiero recordarte que sigo siendo yo.
Igual de guapa e inteligente, de pesada y divertida. Sigo disfrutando de los amigos, del atardecer o de una sobremesa entrañable. Me emociona la misma música, esa que escuchábamos entre confidencias y risas. Y sí, sigo manteniendo mis malas costumbres: mordiéndome las uñas, fumando y otras inconfesables que sólo tu y yo conocemos.
Sigo sintiendo y amando. 
Mi corazón sigue latiendo y mi alma...mi alma se emociona como antes, con un simple beso o con una caricia. Se desborda por mis ojos cuando miro a quien amo. Se empequeñece oculta cuando siente el desprecio de las miradas que fingen mi inexistencia.
Sigo luchando por recuperar mi vida, pero sigo siendo yo, solo que ahora vivo rodando.
Sigo queriendo que formes parte de mi, si después de esta misiva sigues sin verme, creeré que esta silla tiene poderes y me ha hecho invisible.

Firmado: 
Alguien que no se merecía esto y que por supuesto nunca imaginó que le ocurriría.

Destinatario:
Tal vez seas tú.
Calle de la Deslealtad.
Demasiados portales.
Cualquier ciudad del mundo.
Código postal: Imagínate por un instante sentado en la silla, este código, te enviará directo a cualquiera de estas otras calles: Fidelidad, amistad, consideración, respeto... 

Imagen: Virginia Pérez Domínguez
Texto: Beatriz Hícar Fuster


      Este es el resultado de mi propuesta para uno de esos concursos de relatos en los que suelo participar. Se trataba de crear una postal literaria, aproveché la ocasión para hacer algo distinto, reivindicar una actitud hacia los lesionados medulares, por parte de los más allegados y de los no tanto. Muchos sabéis ya, lo cercana que me siento a ellos desde hace algún tiempo. Pedir a Virginia que me ayudara con la imagen ha sido un acierto, es una fotógrafa maravillosa y fue muy generosa aceptando de inmediato e involucrándose en este proyecto. Creo que hemos conseguido una cohesión inmejorable entre el texto y la imagen. Virginia es además una mujer joven y bella, con toda una vida por delante. Ella es la artista y la protagonista de la imagen, y su silla no es precisamente de «attrezzo»    

      Esta semana, adelanto mi entrada para "hermanar" nuestros Blogs, el de Virginia y el mío. Dejo su enlace por si alguno quiere echar un vistazo.
http://viviendorodando.wordpress.com//
       Gracias, Virginia, fue un placer realizar este proyecto contigo. Desde aquí te envío millones de besos.
       
       Este es el acceso a la ventana que nos une a Virginia, a mi, y a otros muchos amigos, a traves de la cual  descubrimos colores, matices, alegrías, sufrimientos, arte, mucho arte...Un mundo lleno de gente maravillosa, un mundo lleno de amigos especales que hacen cada día la vida un poquito más bella. Este espacio lo gestiona Mª Ángeles pozuelo, una estupenda profesional y mejor pesona a la que siento como una amiga.
http://afrontandolesionmedular.blogspot.com.es/  

martes, 12 de noviembre de 2013

Mi primer despertar tras el ocaso

Por fin desperté de un sueño que parecía haber durado una eternidad. Intenté abrir los ojos, en ese momento, fui plenamente consciente de mi ceguera, y sin embargo, las coordenadas que acotaban la estancia llegaban claras a mis oídos; mostrando con total nitidez aquel cuarto y todo lo que había en él. Desconocía el motivo de mi presencia en aquel lugar, me resultaba anodino y vacío pese a estar repleto de trastos. El cuarto estaba frío y oscuro. Mi cuerpo descansaba sobre la cama, que antaño, compartía con mi esposa. Descubrí que todas mis cosas estaban allí almacenadas. Parecía un mausoleo, un museo dedicado a mi persona. Pensé que alguien, probablemente ella, lo habría dejado todo cerca para que, cuando despertase de mi largo sueño, pudiera recordar quien era. Mi escritorio estaba perfectamente ordenado, mi caja de madera tallada con mis bolígrafos de colores, los folios perfectamente alineados, y sobre estos, mi último cuaderno con todas mis anotaciones y un pequeño jarrón en una esquina. Las lilas llenaban el cuarto con su aroma, eran mis flores preferidas y cada primavera, me acompañaban en las largas horas en las que escribía, comprensivas y silenciosas para no robarme la inspiración. El retrato de mi joven esposa me observaba junto a las flores. Su sonrisa dulce y su mirada traviesa proyectaban esos primeros calores típicos de esa estación; también lo hacía el estampado de su vestido, ceñido en la cintura, que dejaba a la vista sus brazos, sus largas piernas y el comienzo de su prominente escote. Ella se empeñaba en mantener la primavera en mi despacho. Los inviernos se me hacían eternos; la persistente lluvia y la niebla instalada en nuestro jardín, me quitaban las ganas de escribir, por eso, siempre había flores sobre mi mesa. Hasta mi batín y mis zapatillas descansaban sobre el galán. Solo echaba en falta una cosa; fue un detalle por su parte alejar de mí lo que en vida tenía un valor sentimental enorme. Sobre el pomo del cabecero de nuestra cama, solía descansar un rosario de plata y perlas, era el recuerdo más preciado que tenía  de mi madre. Ahora ninguna de esas cosas tenían significado. Tanto esfuerzo para nada. Tanto amor derrochado en el empeño de crear un lugar acogedor para mí. Tanto tiempo esperando mi regreso. El frío ya no me resultaba desagradable, era parte de mí. Yo, ya no era el mismo de antes.

Tenía la boca pastosa y una sed atroz. Sentí la urgencia de satisfacer otras necesidades fisiológicas. Corrí hacia el cuarto de baño, sería más correcto decir que volé, porque en ningún momento mis pies rozaron el suelo. Me desplacé con solo pensarlo, mi cuerpo era ligero y obediente; un ente vacuo y volátil capaz de obedecer mis órdenes sin objeciones. Curiosamente, fue en ese preciso momento, cuando llegué a la absurda conclusión, mientras me deshacía del orín de unos cuantos siglos, de que ya nunca necesitaría alimentarme con sólidos. Estaba agotado, tenía el cuerpo dolorido, con la sensación de haber realizado un largo viaje, agarrotado por la inmovilidad del eterno descanso. Regresé a la cama y recapacité. Durante un segundo, la melancolía mantuvo un hilo de vida en mi cuerpo. Una luz brillante, fugaz, casi consiguió que pudiera ver. Recorrí mentalmente la estancia, una vez más, intentando asirme a algo de mi pasado. Observé mi mesa. El arte de escribir, algo que tanto amaba, me pareció un signo de debilidad, tan humano, tan pueril. Recuerdo, que pensé que debía ser el momento adecuado para pedir un último deseo, expresar mi última voluntad. Aquella sensación duró nada. Lo que dura un estertor, después, fue todo oscuridad, pensamientos fríos y ausencia de sentimientos. Sólo quería beber. El sentido de mi existencia tomó un cariz nuevo. Sólo importaba yo. Todo lo que había a mi alrededor estaba para saciarme, para ser utilizado en mi beneficio, a mi antojo.

         Todo era nuevo para mí. Presentía que tenía todo el tiempo del mundo. Pasado un rato, creo que en realidad fueron unos cuantos años más, tomé la determinación de no perder ni un segundo y comenzar a disfrutar mi nueva vida. En cuanto estuve incorporado, mis sentidos me deleitaron con las posibilidades de mi nueva realidad. Escuché unos pasos que se acercaban. Llegó hasta mi el aroma de la azalea unido al de su piel morena. La sed se hizo insoportable, hasta el punto de obligarme a restregar la lengua por mi dentadura, para recoger el exceso de salivación y evitar así babear como un estúpido. Recordé las sensaciones que aquel aroma conocido provocaba en mí; el dolor del corazón repleto de su presencia, la urgencia de unirme a ella ante la mínima insinuación. Presentía como se acercaba, moviendo sus dulces caderas, agitando el vestido de un lado a otro. Sus ojos pidiendo amor, su sonrisa pícara desbordando su cara, pensando que yo correspondería desesperado, que como antaño, me la comería a besos mientras la desnudaba. Sus tacones aceleraron el paso a mi encuentro. En su avance su cuerpo se transformaba, a cada paso, un lustro hacía mella en él. El vestido ceñido entonces, se transformó en una especie de bata. Sus muslos tersos engordaban, vibraban a cada paso rellenos de carne blanda, igual que la que escondía sus caderas y en la que se perdió su cintura. Pude ver su cara, la ilusión y el amor se reflejaban en ella, al final del camino, ya casi en mi estancia, sus párpados caían sobre los ojos disminuidos de pestañas. El moreno de su pelo se llenó de canas y, a unos cuantos pasos más, se convirtió en un castaño sintético.


Estaba a un paso de convertirme en alguien nuevo. Mi amor se esfumó sin dolor, fue sustituido por un egocentrismo exagerado. Por una necesidad de supervivencia que me convertía en un depredador. Es cierto, que lo más ansiaba, antes de completar mi metamorfosis, era tener la oportunidad de verla por última vez. Ella entró en la habitación. Noté su presencia cercana, tuve la certeza de que durante un tiempo, habíamos vivido en dos planos paralelos. Muchos más años pasaron en mi mundo, sin embargo, me pareció que los pocos que pasaron por su vida habían hecho estragos en su cuerpo. Su presencia era lenta y torpe, su respiración entrecortada, su aura emitía unos sonidos que me llegaban encorvados. ¿Era ella consciente de mi  nueva existencia y mi estado?, aparentemente, sí. Llegué a la conclusión, de que ella había estado cuidando de mi todos esos años, tal vez, con la esperanza de que al despertar, mi apetito nos reuniera de nuevo bajo un mismo tiempo. Ella ladeó su cara ofreciéndome el cuello. Mi cuerpo era, ahora, incapaz de sentir nada. Una imagen llegó a mi mente. La sensualidad de Salma Hayek contoneándose, disfrutando de la fría caricia de una enorme serpiente, vertiendo después el licor sobre su pierna; un hombre bebiendo a lametazos el sugerente licor que goteaba de su pie, un pobre desgraciado que probablemente formaría parte de su posterior cena. Volví a fijarme en mi esposa. Mi sed por ella se esfumó de pronto. Decidí que la dejaría vivir en paz hasta que el destino resolviera cuando debía llegar su hora. Me puse frente a una pared vacía, me atusé el pelo, estiré mis ropajes y salí por la ventana, a la calle oscura, de cacería.

martes, 5 de noviembre de 2013

Atardecer en la Albufera de Valencia




-¡Hola papi!
-Hola cielo. ¿Qué tal hoy? ¿Aprendiste algo nuevo?
-Hoy he aprendido otro color.
-¡Genial! Cuéntame.
-Aprendí el verde fresco. El de la mañana tras el rocío y, ¿Sabes qué?, Que me dejó la mano mojada, y aprendí también el verde  aceituna. ¡Sabe a aceite!
-Ese ya lo conocías.
-Es cierto, me lo enseñaste tú. ¡Ah! … aprendí el verde veronés.
- ¡Uf! Pero ese es muy difícil.
-No, papá. Es muy fácil. Es como los ojos de mamá.
- ¡Es cierto! Es el verde mas Bonito que conozco.
- ¡A que sí! Y… ¿Donde estás hoy?
- En Valencia. En la Albufera. Esto es precioso,  esta atardeciendo…la próxima vez tienes que venir. Te encantaría verlo.
-Cuéntamelo Papi.
-Está bien. El cielo ahora es azul
-¿Azul frío?
-No, azul  como el de los príncipes de cuento, clarito y agradable, pero sólo está así arriba del todo. Más abajo, hay nubes de color algodón y el sol es tan intenso, que es de plata, como nuestras estrellas. Parece una enorme palomita de maíz en el cielo y refleja toda su luz sobre el mar, que ahora, también parece blanco.
-¡Seguro que está blanco almendra!
- Sí señor, blanco como la almendra dulce.
-Sigue papi. ¿Ahora que pasa?
-El mar se ha unido con el cielo y parece todo nieve. Los juncos están oscuros y surgen del agua; firmes, como bastones.
-¿Son como el mío?
-Parecidos, casi igualitos.
-¿Y ahora?
- Ahora, el sol está abrazando al horizonte, se ha puesto color piel, cálida y sedosa, como la de Paula y está contagiando al mar y a las nubes.
- ¡Qué chuuulo! Y.. ¿qué hace ahora el sol?
-Ha bajado, está tan cerca que parece mucho más grande, o tal vez sea porque está contento.
-¿Por qué?
-Porque ahora está acariciando al mar y está colorado de vergüenza.
-Pero… ¿por qué?... ¿no le gusta?
- No, perdona,  no es colorado como la sangre y el hierro, no es salado, es… como las toallas nuevas que compró mamá, rojo suave y calentito.
- Ahhh ya lo veo papi. Sigue.
-Ahora está enamorado, está tiñéndolo todo de naranja asalmonado, como el calor de la chimenea en invierno, creo que sigue avergonzado porque se está escondiendo.
-¡Qué tontooo! ja ja siempre hace lo mismo. ¿Ya está oscureciendo?
-Si cariño.  El cielo y el mar están de nuevo de color azul. Azul soledad, pero no el de cuando estás triste, el azul de la soledad cuando la necesitas para respirar hondo y guardar en la memoria un ratito feliz, de esos que guardamos para siempre.
- Jo papi es precioso.  Sigue porfa.
-Cada vez hay más azul soledad  transformándose en azul agustito y, poco a poco, está tornando a tonos violetas, como el de los abrazos de buenas noches de mami, como el de los achuchones de Paula por la mañana.
-Ahora viene lo mejor ¿verdad papá?
- Si cariño. Mira. Ahora está casi negro. Apenas se ve nada, faltan sólo unos segundos.
Silencio.
Silencio al otro lado de la línea.
-Ya empieza Manu. ¿Puedes verlo?
-Sí, lo veo.
-Miles de estrellas, del color de tus besos, una por cada uno que me has dado, están llenando el cielo poco a poco, iluminan la noche y se reflejan en el mar que parece que está lleno de pequeñas barquitas.
-¿Sabes papi? Me encanta ver atardecer contigo. Mañana aprenderé más colores y los atardeceres serán más chulis.
-Tengo que irme ya. Es de noche y debo ir al hotel. Mañana cuando regreses del cole ya estaré en casa.
- Vale. ¡Papi, papi!
-Dime hijo.
-Toma, otro beso para que cuelgues en el cielo.
Gracias hijo. Este es el mejor beso que me has dado nunca. Ahora se ve un poco mejor el camino. Otro grande para ti. Hasta mañana.
-Hasta mañana papi.



Quiero dar las gracias a mi amiga Mª Ángeles Pozuelo, por regalarme esta preciosa edición de mi cuento. A su sobrino por la encuadernación. A Juan M. Josa, por pintar esta acuarela para la portada. A todos aquellos que guardo en mi lista de amigos especiales, con los que comparto, a través de la misma ventana, el placer de disfrutar de las pequeñas cosas, de los colores del arcoíris y un montón de cosas más.








     





martes, 29 de octubre de 2013

La hacienda Agnew

Todos tenían un lugar en aquella hacienda, un estatus dentro de la jerarquía  establecida. En la casa principal vivían la señora y el señor Agnew,  junto a los señoritos, John, Caroline y Fredy. Mami Evelyn, dormía en la despensa y alguna tarde, cuando la señora  iba a la ciudad, se echaba en la habitación de invitados,  apretando los labios y cerrando mucho los ojos, soportando el calor grasiento y rebosante  del afectuoso señor Agnew que cabalgaba sobre ella. Los demás tenían su espacio en los barracones. Los hombres, en el grande, cada uno tocaba  a dos metros cuadrados, el espacio que ocupaba su jergón de paja y  un baúl de madera sin pulir y, por supuesto, sin cerradura. Las mujeres, en el barracón pequeño, el que está junto al río. Compartían cama, con un poco de suerte, sólo con una compañera. Si engendraban algún varón se añadía al lecho hasta los siete años, a partir de entonces, se le encomendaban tareas de adulto y pasaba al barracón de los hombres. Si era una hembra, se quedaba junto a la madre hasta que quedase algún jergón libre, siempre por fallecimiento, cosa que ocurría a menudo entre nosotros. La enfermedad, el agotamiento o la inanición formaban parte de nuestras vidas.

Los animales tenían su habitáculo correspondiente en la hacienda. Los caballos en el establo, gallinas, cerdos y pavos tenían también un techo donde guarecerse. Teníamos una vaca que parió un ternero y enseguida, se ordenó a los hombres que modificaran un tabique del establo para que el ternero creciese sano junto a su madre.

En Caledonia, Mississippi, ser negro era ser nada. Nosotros pertenecíamos a la hacienda de los Agnew en la que explotaban 300 hectáreas dedicadas al algodón. Tras jornadas de catorce horas nos correspondía una escasa cena, generalmente gachas, maíz y algo de pan duro. Por la mañana, un vaso de leche para los niños, medio para las niñas y algo de pan y manteca para los adultos. Pero si eras  bastarda  y mulata como yo, no sólo te despreciaban los blancos.

Permanecí en el barracón de las mujeres hasta los diez años. Mi madre murió aplastada por una carreta llena de algodón. Permaneció tirada y con las entrañas fuera hasta que terminó la jornada y nos dieron permiso para darle Santa Sepultura. Esa misma noche las mujeres me expulsaron del barracón. Bridget y Agnes se tiraban de los pelos, disputándose nuestra cama y el vestido de flores que usaba mi madre para ir a la iglesia los domingos. Aproveché para escabullirme dentro y poner su vestido, mi única herencia, a buen recaudo. Aquella noche dormí acurrucada en el porche. Amoratada por los palos que no consiguieron sacarme donde lo había escondido. Dormí allí un par de veces más para guarecerme de la lluvia. Los perros descansaban sobre una manta vieja y yo me pegué a la pared todo lo que pude. Mami Evelyn, me despertó a escobazos   y me advirtió, que si volvía a verme durmiendo en el porche, me molería a palos. Desde entonces, vivo en la caseta de las herramientas que hay tras la letrina. Conseguí un par de sacos vacíos de harina y durante meses fui robando a puñados algo de Heno a los caballos. Ahora tengo un catre, algo desinflado y en dos mitades. Comparto mi hogar con un par de ratas que hace un año intentaron comerme. Desperté gritando cuando una de ellas había devorado mi lóbulo izquierdo. Cuando escucho el roer de sus dientes, vuelve el dolor a mi oreja y se me cuela la muerte por la cicatriz que dejaron en ella, entonces, cuelgo el vestido de mi madre sobre un clavo que sobresale de un madero de la pared. Ella me hace compañía en mi vigilia, mientras permanezco sentada y acurrucada sobre el suelo húmedo de tierra. Abrazada a mi misma. El invierno entra por las grietas y los nudos de la madera, ahora huecos. Entra disfrazado de bruma, me envuelve con su tristeza y su sabor a agua estancada, me cala hasta los huesos, doloridos por las palizas, por el trabajo y el frío. Cuando el río crece la letrina se desborda y mi insignificante vida se cubre de la inmundicia de otros. Mami Evelyn me regaló una lata de conservas vacía y yo, se lo agradecí robándole una caja de fósforos. El invierno está siendo muy duro. La señora pala y el señor azadón ya no me hacen compañía, cada día hablan menos y, la soledad me sabe a hambre. El ruido de mis tripas hizo que le robara al gato un par de ratoncillos de campo con los que jugaba hasta reventarles de agotamiento. Hice un pequeño fuego en mi lata de conservas, les chamusqué el pelo y me sirvieron de cena. Por la mañana, el olor a pelo y carne quemada me hizo vomitar.

Ahora me gusta mi hogar. En los malos momentos, paseo mis manos por los listones de madera que forman las paredes. De inmediato recibo el consuelo de su tacto áspero, calloso y agrietado, que me devuelven las caricias del pasado, las de las manos rugosas y cálidas  erosionadas por el trabajo. En los últimos días, me camelé a los perros, compartí con ellos los tesoros de mis hurtos. Ahora duermo calentita con mis dos mantas caninas.  Me quito el vestido antes de dormir y lo cuelgo junto al de mi madre, para hacerla compañía y para que no se impregne del rancio olor del pelaje húmedo que inunda de cariño mi guarida.  Sus besos ásperos y pastosos lamen la sal de mi tristeza y por la mañana tengo que lavarme con el agua gélida del Mississippi, para quitarme el olor de mi hogar y evitar que me zurren.

El señorito John. Dejó olvidado junto a las herramientas un bote con hortalizas. le ocurrió más veces y cuando se lo advertí, me dio seis latigazos delante de todos. La señora Agnew le obligó, y mientras me azotaba, le brillaban los ojos a punto de desbordarse. Pasados unos meses, volvió a olvidar su tartera, lo hacía a menudo. Nunca más volví a decirle nada. Se casó al año de morir mi madre, de esto, hace siete inviernos. Ahora es el Señor Agnew como su padre, y se empeñó en llevarme a su casa, a pesar de las negativas de su madre.  Ahora duermo en su cocina. Cocino y cuido de su hija. La señorita Catherin. Ya no paso hambre y una capa de carne comienza a envolver mis huesos. En invierno me regaló un abrigo. Lo dejó, junto al colchón que extiendo cada noche sobre el suelo, junto al hogar.

Una noche el señor Agnew, o lo que es lo mismo, el señorito John, se empeñó en que yo le prepara el baño. Sólo lo hizo una vez. Se despojó de su camisola cuando todavía estaba vaciando el balde de agua. Entonces se dio la vuelta, me miró a los ojos,  después bajó su mirada hasta posarla en una gran mancha que tenía  en su abdomen. Volvió a  mirarme asegurándose de que había reparado en ella. Entonces sus ojos brillaron como el día que me dio los latigazos. Aquella noche cuando la casa dormía, me levanté el camisón y observe la mancha de nacimiento que tenía en mi barriga, eran como dos gotas de agua, la suya y la mía. La mañana siguiente, me puse el vestido de mi madre, sus flores encajaban en mi cuerpo de  diecisiete años. Temí que él se enfadara. Entró en la cocina a desayunar cuando yo fregaba los cacharros. Sentí su mano en la espalda, y escuché que decía:

-Estas preciosa  hija mía.

           No volvió a repetir esas palabras. Pero puedo sentir que me cuida y que nunca volverá a pasarme nada mientras él esté cerca.

Registro

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