martes, 7 de enero de 2014

El hayedo de Burbona

—¡Hostia, Iñaki. Hace media hora que he dicho que te levantes! Mierda y ahora suena el puñetero móvil —farfullé—. Venga chaval en cinco minutos nos vamos. ¿Diga? Hola, Gorka. Espera, espera, más despacio, guardo los bocadillos de los niños en las carteras y me lo cuentas. —Un minuto de silencio—. Ya está, disculpa. —De camino a mi dormitorio, accioné el manos libres del móvil y lo dejé sobre la cama para escuchar las explicaciones del agente Mendía. Me ajusté los cordones de mis Panama Jack y tomé el móvil de nuevo. —Salgo en cinco minutos. ¿Qué puto «pirao» es capaz de desperdigar a esa pobre chiquilla, por el hayedo de Burbona? ¿Y dices que a la mano le faltan dos dedos? ¡No me jodas! Escucha, dejo a los niños en el colegio y… mándame las coordenadas, nos vemos allí en…—miré el reloj—, en unos cuarenta minutos.
Tomé el abrigo y corrí hacia la puerta.
—No espero más. Nos vamos. El que no esté listo se queda.
Edurne vino hacia la entrada. Ajusté su bufanda y pensé en lo que sería capaz si le hicieran algo similar a ella. La abracé con todas mis fuerzas y me dio uno de esos besos que todavía hacen que se me salten las lágrimas. —Los mismos besos que me daba tu amá  —le digo siempre, y, es que me recuerda tanto a ella que temo que nunca dejaré de sentir el dolor de su ausencia. Iñaki por fin estaba listo. Me dieron ganas de abofetear a ese montón de granos y hormonas desequilibradas. En cambio, le di una colleja y lo abracé para poder separarme del recuerdo de su madre y dejarlo a salvo en nuestra casa.
—Cómo mañana no te levantes a tu hora, te vas a llevar un par de hostias. —Iñaki no me escuchaba, tenía a tope el volumen de sus auriculares.

Cuando llegué al hayedo ya estaba acordonada la zona. Caminé unos metros, no paraba de llover y mis botas se hundían en el barro. El forense estaba sobre el terreno. Me enseñó los restos de la mano seccionada y me transmitió sus primeras impresiones. Me encendí un cigarrillo para ocultar las ganas de vomitar. Ya había visto bastante. Me retiré unos metros para que el frío borrara esa imagen de mi mente.
—Gorka, despeja la zona cuanto antes. Tú te quedas conmigo, no quiero ver a nadie más merodeando por aquí. Ese cabrón htenido que venir andando. Vamos a examinar cada centímetro de bosque y no nos iremos hasta encontrar algo.
Estuvimos cuatro horas removiendo hasta la última hoja del hayedo, llegamos hasta el río, estábamos peinando la orilla y entonces, escuché aquel ruido, justo detrás de mi. Cuando me di la vuelta sentí un dolor intenso. Después, nada. Debieron de pasar un par de minutos, no más. Cuando desperté Gorka estaba haciendo aspavientos a mi lado.
—Joder, ¿qué coño haces mirándome como un idiota? Corre, habrá ido río abajo.
—¿Estás seguro? ¿Estás bien?
—Pues no, joder, pero eso ahora no importa. Corre, si se nos escapa te juro que vas a chupar comisaría hasta que se te olvide de que color es el sol.
Gorka salió corriendo. Yo estaba todavía algo aturdido así que mojé mi cara y mis muñecas con agua del río, crucé a la otra orilla y corrí en la misma dirección pensando que tal vez aquel asesino hubiera hecho lo mismo; entonces lo vi entre los árboles. Gorka había parado para recuperar el resuello, estaba doblado sobre sí mismo y apenas podía respirar.
—A tu izquierda, Gorka.
—¿Qué dices? —gritó.
—Joder, a tu izquierda. —No podía cruzar, el caudal era abundante en esa zona. Entonces se le echó encima. Pensé que si intentaba cruzar el río no tendría tiempo de socorrer a Gorka. Disparé sin pensarlo. Es mi amigo y aquel cerdo, un asesino desalmado. Por lo menos eso era lo que creíamos en ese momento, después, descubrimos que aquel hombre era tan solo un ladrón de poca monta. Encontramos en las inmediaciones el escondite en el que guardaba su botín; baratijas sustraídas de los caseríos cercanos. Era un pobre desgraciado que pensó que lo buscábamos a él.
No dudé en disparar, ni siquiera lo pensé un instante. No era la primera vez que usaba mi arma. En las otras ocasiones, la conciencia no me dejaba dormir durante una buena temporada. Esta vez ni siquiera lamenté mi error; entonces supe lo que debía hacer. Redacté mi informe y bajé al bar a tomar una copa. No lo había hecho hasta ahora, nunca de servicio. Miré mis botas con el barro seco insertado, como una segunda piel, dura y áspera como la de los cocodrilos, hastiada de ver tanta miseria y tanta maldad. Gorka se sentó a mi lado, pidió lo mismo y me acompañó en silencio. Cuando terminó su copa, dijo un simple «gracias» y se levantó para marcharse. Aquella palabra resquebrajó mi armadura y rompí a llorar. Gorka me abrazó, en cuanto me recompuse, le correspondí con un par de abrazos sinceros y lo aparté de mi.
—Aparta, coño estas mariconadas traerán cola. —Gorka sonrió y subió a la comisaría. Yo me cerré el anorak y encendí un cigarrillo bajo la lluvia. El mejor cigarrillo de mi vida. Me supo a gloria. Entré en el despacho del capitán, saqué mi arma y la dejé sobre la mesa. Tomé mi placa, la observé unos segundos; siempre pensé que me dolería apartarme de ella pero fue más fácil de lo que pensaba.
—¿Qué estás haciendo?
—Regreso a Lekeitio, voy a arreglar mi viejo barco y a alejar a mis hijos de toda esta mierda.
            —No puedes dejarlo ahora.
«Claro que puedo», pensé, es exactamente lo que estoy haciendo. Me fui caminando calle abajo, perdiendo lastre; a cada paso, el barro de mis botas se despegaba y caía. Miré el reloj, los chicos estaban a punto de salir de la escuela. Me senté en un banco, frente a la puerta. Observé sus caras mientras se acercaban entre las risas y empujones de los amigos. Se les veía felices, a pesar de lo duro de ese último año. No ha sido fácil empezar de nuevo, sé que decepcioné a más de uno renunciando a mi placa, en medio del caos de aquel caso complicado pero estoy convencido de haber hecho lo correcto.



lunes, 23 de diciembre de 2013

Carta a los Reyes Magos

Queridos reyes magos:
           

Este año no escribiré mi carta, o por lo menos, no lo haré como de costumbre. Tengo un deseo, sólo uno. Deseo que hagáis bien vuestro trabajo. Regalad juguetes a los niños; a los adultos dejadnos a un lado, no necesitamos nada de lo que últimamente venís trayendo, ni ropa, ni móviles, ni ordenadores, nada de esto.

Vuestra labor consiste en repartir ilusión. Tal vez esté equivocada, pero tener ilusión es ver el azul del cielo hasta en los días más grises. Es intuir que tras la oscuridad del túnel hay un punto de luz, tal vez como el agujero de una aguja o la cabeza de un alfiler pero sabremos que está ahí, y según nos acerquemos, la luz se hará más grande, hasta cegarnos.

La ilusión ensancha el corazón. Hace más largos los días e intensifica los colores. En estos tiempos, donde sentirse afortunado casi avergüenza, cuando muchos de los nuestros lo pasan tan mal, es vuestra obligación repartir ilusión y esperanza. Creo sinceramente que todos tenemos algo de culpa en lo que está ocurriendo. Nos volvimos inhumanos en un mundo repleto de actividad. Dejamos a un lado a las personas por engrandecer las necesidades de la comunidad, de la mayoría. Términos abstractos, carentes de vida y sentimientos que aniquilan a la raza humana. Miramos hacia otro lado, no quisimos ver este mundo lleno de manos que visitaban bolsillos ajenos. Nos hemos dejado embaucar por las luces de la ciudad, dejando que el sol ilumine un campo yermo, con costumbres que se derrumban entre los muros de adobe. Los campanarios alojan familias de cigüeñas, mientras el tañido de las campanas olvida su cántico, por permanecer mudo desde hace una eternidad.

Se fundieron las luces. Tal vez ahora nos demos cuenta de que no necesitábamos nada de esto. Volverán los «buenos días» con su correspondiente inclinación de cabeza. El «pase usted primero», incluso «déjeme que le ayude con esas bolsas». Volveremos a expresarnos con palabras, dejando que estas maravillosas letras se ocupen de las historias, de los cuentos. Las letras no son para la vida, son para los sueños. 
Desenroscaremos las bombillas, dejando que la luz del sol ilumine nuestras vidas. Volverá a sonreír, satisfecho, tal vez incluso pueda ver cumplido el sueño de ver levantar esos muros de barro. Tal vez escuche de nuevo el cantar en lo alto de los campanarios, avisando a los vecinos de una nueva vida, de una despedida o alguna fiesta. Entonces brillará más intenso.

 Este es mi sueño, mi único deseo y estoy segura de que me lo concederéis. Volveremos a compartir los sentimientos, recuperaremos el olor a humo al entrar en nuestras casas en las frías jornadas de invierno. Volveremos a ser humanos, aun con todos nuestros defectos. Volveremos a salir a la calle, miraremos el cielo azul, intenso y volveremos a soñar.

          Feliz Navidad.


martes, 17 de diciembre de 2013

El porqué de escribir

Siempre que alguien me pregunta por qué escribo tengo que permanecer en silencio unos segundos antes de responder. Podría pensarse que hurgo en mi interior buscando los motivos pero no hay nada más alejado de la realidad; tengo tantas alegaciones que justifican el acto, que debo frenarlos en mi interior y ordenarlos para explicarme correctamente.
Escribo porque me hace feliz, porque lo necesito. Hay tantas historias dentro de mi cabeza, «siempre las ha habido, antes incluso de ser consciente de que así era», que tengo que obligarlas a salir para mantenerme algo cuerda. El placer se convierte en vicio y el vicio se retroalimenta. Cuanto más escribo, más ganas. A más ganas surgen más ideas. Imaginad un yonqui que segregara su propia heroína, así me siento cuando escribo.
Mi mente es inquieta, sueño dormida, despierta, imagino conversaciones y desenlaces, y todo esto convive con mi mundo, no soy capaz de separar lo real de lo imaginario. Escribir desarrolla mis sentidos, me hace estar alerta. Puedo detectar la actividad de esos pequeños hombrecillos ocultos bajo la hojarasca del otoño que inunda las aceras. Descubro el pasado glorioso de algún mendigo, traiciones, pasiones prohibidas. He aprendido a leer el lenguaje del alma que se expresa en silencio a través de los ojos de los transeúntes.
He descubierto los colores de la vida, he conocido a hombres maravillosos, mujeres valientes, soldados, mineros… y quiero más. Ser quijote se me quedó pequeño, leer las historias que escribieron otros sigue siendo algo imprescindible en mi vida, pero hace tiempo que cometí el pecado de colarme dentro. Alguien dejó una puerta abierta, y yo, aproveché la oportunidad, o simplemente acudí a esa llamada de auxilio, como hizo Bastian para liberar de la nada al mundo de Fantasía. Durante muchos años realicé en secreto mis incursiones por mi Narnia particular, después, me desinhibí por completo. Puedo ser esa niña negra que duerme en la caseta de las herramientas, puedo sentir el frío y la soledad. Puedo caminar con un viejo y su grifo hacia Santiago mientras decido qué hacer con mi vida, cuidar de mi anciana tía viendo crecer a las golondrinas mientras horneo bizcochos. Puedo ser ese gato con alas y volar sin jugarme la vida.

Es curioso, siempre que comento que escribo, alguien hace alusión a la fama o al dinero. Bajo mi motivación, no aparecen estos términos ni por asomo. De esto no se vive. Ni quiero. ¿A caso tenemos que ser todos García Márquez?, ¿acaso son todos los que pintan Picasso, todos los matemáticos Arquímedes, tenemos que ser Sócrates, Rojas Marcos, Curie, Mozart o Uchida, Eastwood, Kubrick o Tarantino? Gracias a Dios o a quien sea, los dones están más repartidos que la lotería. En pequeñísimas dosis. Afortunados los que perciben porciones mayores, pero que nos dejen disfrutar de las nuestras. Sólo necesito cerrar un instante mis ojos para vivir mil vidas, para descubrirme dentro de un mundo nuevo.

martes, 10 de diciembre de 2013

Del peligro de algunos sueños



Se durmió soñando que él también podía volar. Todavía se relamía el sabor que las plumas dejaron en su boca. ¡Tenía tantos planes! Cacerías, juegos, noches de cortejo hasta quedar afónico y con el lomo dolorido de restregarlo por las esquinas. El tiempo era escaso, aun con sus siete vidas intactas, no podía permitirse el lujo de desperdiciarlo trepando a los árboles o saltando por los antiguos tejados. Se desperezó, como lo hace un gato con alas, y se lanzó al infinito. Se despertó en el suelo, con los huesos quebrados y una vida menos.

martes, 3 de diciembre de 2013

El tunel de lavado de la calle Prieto (segunda parte)

        
        
            ...Siempre pensé que ella inventó aquella historia para justificar mi nacimiento fruto de alguna infidelidad. Supongo que mis ojos azules y mi pelo negro azabache confirmarían las sospechas de aquel marido de pelo lacio y ojos color miel, con la piel algo cetrina y porte ramplón que salió de la maternidad para no volver jamás. Supongo que me lo contó para eso y para envolver nuestra existencia con esa magia con lo que lo cubría todo. Me encantaba esa historia, a lo largo de mi vida la he escuchado millones de veces.
Mi madre no usaba aquel coche que envejecía en el callejón de atrás. De vez en cuando echaba algo de gasolina y daba un par de vueltas a la manzana para mantenerlo con vida. No había dinero para más. Una vez al mes volvía a aquel túnel a sacarle brillo al coche y a devolverle la dignidad que se merecía. Durante más de treinta años fue puntual a su cita, esperando que aquel ser mágico regresara para recoger su clave. Siempre que podía, la acompañaba. Cuando cumplí los ocho años consideró que era lo suficientemente mayor para ayudarla a cuidar de aquel objeto. Bajo la protección de las esponjas, abrió la guantera y puso la clave mágica en mi mano. A mi me pareció que era una simple piedra pulida por el agua de mar, y el símbolo grabado en algún extraño idioma al que ella se refería, me dio la sensación de que era el rastro que había dejado el largo descanso de algún molusco. Pero siempre consideré que mi madre era una mujer sabia y que tenía la virtud de ver otros mundos que convivían con el nuestro, ¡como iba yo a llevarle la contraria!
            Fui creciendo. Cada año de mi existencia lo celebrábamos merendando unos churros en San Ginés y en la sesión de tarde de los cines Luna. Compartíamos nuestro hogar con unos pequeños duendes, que según decía mi madre, devoraban todo lo que encontraban. Por eso en casa nunca había demasiada comida. Mi madre compraba lo justo para el día. Me aseguraba que cuando preparaba los ingredientes, siempre había de sobra para ella, para mí, e incluso para saciar a los pequeños duendes. Casi siempre me obligaba a comerme todo, me prometía que ella comería cuando fuera camino de alguno de los trabajos que mendigaba en las porterías y comercios del barrio. A mis amigos les encantaba venir a mi casa, era la más pequeña y humilde, pero siempre había sonrisas y abrazos repletos de chocolate para todos. Pasábamos tardes enteras fabricando coches y aviones con los cartones y restos de pinturas que me regalaba el Señor Antonio, el vecino del primero A, que era pintor.
            Mi madre decía que yo era esa persona especial, ese compañero que la protegía y ayudaba en su difícil misión. Nuestros viajes al lavado continuaron y yo fui creciendo. Necesitaba las noches para estudiar pero ella debía descansar para poder trabajar. Mi madre ocupaba la litera de abajo, compró una cortina de esas que se utilizan en las salas de audiovisuales y la colocó en su litera para dejarme el resto de la casa iluminada y poder dormir. Por aquel entonces la animaba a salir con algún hombre, pero ella siempre me contestaba que aquel hombre mágico regresaba mientras todos dormían, que comenzaron siendo amigos y, con una risita tonta, me confesaba que ahora eran algo más que eso. A menudo me sorprendía dándome los buenos días junto con recuerdos y abrazos de aquel hombre con el que se citaba en sueños.
            Siempre me pregunté como era posible que en aquella casa donde todo era escaso, jamás faltara un céntimo para pagar mis estudios. Una tarde de viernes, estando yo limpiando mientras mi madre regresaba de uno de sus trabajos, descubrí bajo la litera una baldosa algo despegada. Encontré un hueco en el suelo y en él, un montoncito de billetes pequeños y usados, guardados con amor y con el sacrificio de mucha hambre. Aquella tarde lloré y cometí un gran pecado. Robé a mi madre cincuenta pesetas. Me acerqué a la mercería del barrio y compré unos cuantos metros de una tela preciosa. La dependienta me aseguró que era una tela para cortinas, pero a mi me pareció de lo más elegante. Lo guardé hasta su cumpleaños, nunca antes había podido comprar un regalo para ella. Cuando abrió el paquete sonrió con los ojos llenos de lágrimas y esa misma tarde comenzó a coser.
Terminé la universidad y me casé. Diré, y no me avergüenzo de ello, que el día que salí de mi casa con mi traje nuevo y con ella del brazo lloré como un niño. Nuestro destino estaba a la vuelta de la esquina. La iglesia del Santo Sepulcro. A escasos cincuenta metros ella se detuvo para secar mis lágrimas silenciosas con todo su amor. Estaba preciosa, inmersa en su vestido de segunda mano y maquillada por una vecina.
-Hoy es otro de nuestros días especiales —me dijo—. Serás inmensamente feliz, mucho más que hasta ahora, tendrás la responsabilidad de hacer feliz a tu esposa y a los niños que vengan. Yo estaré siempre aquí. Y tú, aunque ahora vivas con ella, siempre estarás conmigo. Recuerda que siendo feliz, harás felices a los demás. Y sólo buscando la felicidad de los tuyos, encontraras la propia.
Las cosas me han ido bien desde entonces, intenté que mi madre se viniera a vivir con nosotros y tuviera por fin la vida que se merecía. Ella se negaba porque temía que aquel hombre dejara de visitarla en la complicidad de la noche.
            Ahora tengo treinta y ocho años. Tengo dos hijos preciosos. Ninguno tiene el azul intenso de mi mirada, pero ambos tienen la sonrisa de mi madre. En casa también hay duendes aunque no comen como los de mi antiguo hogar, sólo juegan con los niños y esconden cosas de vez en cuando. En casa siempre hay sonrisas y docenas de tabletas de chocolate. Mi madre murió hace seis años. La encontré tumbada en su cama con el semblante sereno y una sonrisa en la boca. Sigo conservando su viejo ochocientos cincuenta. Soy un nostálgico, y ayer, como cada siete de mayo, regresé al viejo túnel de lavado de la calle Prieto. Debo ser de los pocos clientes que siguen siendo fieles y supongo que no le queda mucho tiempo de vida. Cuando las esponjas comenzaron a dar vueltas, comprobé que aquella piedra permanecía en la guantera. Enormes gotas de colores comenzaron a salpicar el coche hasta cubrirlo de oscuridad. Sentí el ruido de la puerta y me salpicaron algunas gotas. Volvió la luz y aquel  hombre tan parecido a mi, me abrazó y me dio las gracias por haber sido tan buen compañero y haberla cuidado durante todo ese tiempo. Me pidió la clave, había llegado el momento de devolverla a su lugar. Volvió a abrazarme, me aseguró que ella estaba bien y todo volvió a la normalidad. Aparté el coche de la salida del túnel y salí para respirar. Miraba el coche esperando que tal vez pudiera darme una explicación y lograr entender lo que había sucedido. El coche mantenía su silencio, mi cara sonreía mientras las lágrimas correteaban por mis mejillas y unas manchas multicolores se secaban en mi camisa. 

Registro

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